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POEMAS A SORIA DE ANTONIO MACHADO

“Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada –allí me casé; allí perdí a mi esposa, a quien adoraba—,
orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano…” (Prólogo a la tierra de Alvargonzález)

De 1907 a 1912, don Antonio Machado profesó sus cursos de Lengua francesa en el Instituto de Soria. "¿Qué es en Soria El Espino?",” ¿Qué es San Polo?… o ¿San Saturio?, ¿Un olmo seco?, ¿Quién fue Leonor para el poeta?”.

Desde niño había leído a Machado y sin embargo jamás pude ubicar los personajes o lugares que cantaba el poeta hasta llegar a Soria. Al parecer únicamente los sorianos poseen toda la clave secreta de la poesía de Antonio Machado. Y creo que, en efecto, la poseen.  Pues nadie piense que la obra del primer poeta español de nuestro siglo, por ser de tan enorme y sencilla diafanidad, de cristal tan escasamente conceptuoso, deja de contener claves. Antonio Machado se acercó al paisaje, a la inmanente y fabulosa herencia geológica de la tierra soriana, e ignoró cuanto no fuera esencia contemplativo, es decir, poesía.

Antonio Machado, con todo el joven entusiasmo de su joven cátedra, se encontró una Soria rodeada de paisaje inédito, tanto humano como geográfico. Nadie había cantado al Urbión, a la sierra Cebollera y al Moncayo; nadie había contado con el indígena. Por desgracia, los más inquietos ancianos de Soria, no veían el maravilloso paisaje, y he aquí que aparece un joven profesor sevillano, con entusiasmo no modelado por ningún prejuicio local, y con ojos abiertos a los tonos grises y otoñales. Baja por el Collado, sin detenerse en los casinos, rebasa San Pedro, atraviesa el Puente, se adentra por la ribera de chopos y sube a las sierras. Y, ahora, todo lo noble de Soria quedaba antologizado, condensado, en una summa poética trabajada no más que con nobleza, sencillez y lirismo de buen cuño.

Un soriano podrá alardear siempre de que su tierra fue cantada por el altísimo poeta ¡Un hombre de Sevilla que se llegaba a Soria y la comprendió, y vió colores, vida y primavera, donde todos las habían ignorado!.

Cuando Machado se marchó de Soria, en 1912, ya tenía completa la lírica epopeya de la tierra soriana, dejando esta ciudad unida por los siglos de los siglos al nombre del poeta.

Y así se ha quedado Soria, formando un collado de palabras entre El Castillo y el Mirón donde los poetas tienen voz y presencia. Una ciudad chiquita que prefiere repartir hermosuras a vanidades, mientras invita a atarear la mirada en calles, iglesias, plazas y versos. Es algo así como una mujer madura con vocación de adolescente eterna, una suerte de estratosfera íntima con tempo antiestrés y mirada tierna, donde las rutas poéticas sirven de escaparate de lujo a Soria, la bien cantada..

A UN OLMO SECO

  Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

  ¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

  No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
  Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

  Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas, 
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

 

PRIMAVERA SORIANA

   ¡Primavera soriana, primavera
humilde, como el sueño de un bendito,
de un pobre caminante que durmiera
de cansancio en un páramo infinito!

     ¡Campillo amarillento,
como tosco sayal de campesina,
pradera de velludo polvoriento
donde pace la escuálida merina!

     ¡Aquellos diminutos pegujales
de tierra dura y fría,
donde apuntan centenos y trigales
que el pan moreno nos darán un día!
     Y otra vez roca y roca, pedregales
desnudos y pelados serrijones,
la tierra de las águilas caudales,
malezas y jarales,
hierbas monteses, zarzas y cambrones.

     ¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía!
¡Castilla, tus decrépitas ciudades!
¡La agria melancolía
que puebla tus sombrías soledades!
     ¡Castilla varonil, adusta tierra,
Castilla del desdén contra la suerte,
Castilla del dolor y de la guerra,
tierra inmortal, Castilla de la muerte!

     Era una tarde, cuando el campo huía
del sol, y en el asombro del planeta,
como un globo morado aparecía
la hermosa luna, amada del poeta.

     En el cárdeno cielo vïoleta
alguna clara estrella fulguraba.
El aire ensombrecido
oreaba mis sienes, y acercaba
el murmullo del agua hasta mi oído.

     Entre cerros de plomo y de ceniza
manchados de roídos encinares,
y entre calvas roquedas de caliza,
iba a embestir los ocho tajamares
del puente el padre río,
que surca de Castilla el yermo frío.

     ¡Oh Duero, tu agua corre
y correrá mientras las nieves blancas
de enero el sol de mayo
haga fluir por hoces y barrancas,
mientras tengan las sierras su turbante
de nieve y de tormenta.
y brille el olifante
del sol, tras de la nube cenicienta!...

     ¿Y el viejo romancero
fue el sueño de un juglar junto a tu orilla?
¿Acaso como tú y por siempre, Duero,
irá corriendo hacia la mar Castilla?



RECUERDOS

  Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales
cargados de perfume, y el campo enverdecido,
abiertos los jazmines, maduros los trigales,
azules las montañas y el olivar florido;
Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles;
y al sol de abril los huertos colmados de azucenas,
y los enjambres de oro, para libar sus mieles
dispersos en los campos, huir de sus colmenas;
yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares,
barriendo el cierzo helado tu campo empedernido;
y en sierras agrias sueño —¡Urbión, sobre pinares!
¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!—

Y pienso: Primavera, como un escalofrío
irá a cruzar el alto solar del romancero,
ya verdearán de chopos las márgenes del río.
¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?
Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas,
y la roqueda parda más de un zarzal en flor;
ya los rebaños blancos, por entre grises peñas,
hacia los altos prados conducirá el pastor.

  ¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas
que vais al joven Duero, rebaños de merinos,
con rumbo hacia las altas praderas numantinas, 
por las cañadas hondas y al sol de los caminos
hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo,
montañas, serrijones, lomazos, parameras,
en donde reina el águila, por donde busca el cuervo
su infecto expoliario; menudas sementeras
cual sayos cenicientos, casetas y majadas
entre desnuda roca, arroyos y hontanares
donde a la tarde beben las yuntas fatigadas,
dispersos huertecillos, humildes abejares!...

  ¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano
cercado de colinas y crestas militares,
alcores y roquedas del yermo castellano,
fantasmas de robledos y sombras de encinares!

  En la desesperanza y en la melancolía
de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.

Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía,
por los floridos valles, mi corazón te lleva.


 

EL HOSPICIO

 Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano,
el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas
en donde los vencejos anidan en verano
y graznan en las noches de invierno las cornejas.

      Con su frontón al Norte, entre los dos torreones
de antigua fortaleza, el sórdido edificio
de grietados muros y sucios paredones,
es un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio!

      Mientras el sol de enero su débil luz envía,
su triste luz velada sobre los campos yermos,
a un ventanuco asoman, al declinar el día,
algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos,
      a contemplar los montes azules de la sierra;
o, de los cielos blancos, como sobre una fosa,
caer la blanca nieve sobre la fría tierra,
¡sobre la tierra fría la nieve silenciosa!...

 

 
 

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