Cuando la ley ya no sirve empiezan las guerras.

Pero la policía tiene que librar pequeñas guerras todos los días, sin saltarse la ley.


Capítulo 1


Miguel no tenía claro qué le había llevado al comisariado. Toda su vida lo había considerado como un objetivo improbable; de hecho pudo haberlo intentado ya hacía más de quince años pero entonces sus hijos andaban en una edad difícil y era mejor estar con ellos; además en el trabajo estaba realmente bien, haciendo lo que le gustaba y con una gente extraordinaria. Ir a trabajar no representaba un esfuerzo sino un placer.

La cosa ahora había cambiado algo; los chicos ya eran mayores y la fecha de su pre-jubilación se le venía encima. Quizás por eso. A lo mejor era una forma de defenderse del inmediato e irremisible retiro; con el ascenso lo retrasaría unos años. No se hacía a la idea de cómo iba a llevar su futuro. Acostumbrado a diez horas al día tirando del carro no se veía metido en casa sin obligaciones, se imaginaba que le faltaría algo. La cuestión era inevitable pero también le parecía que estaba obligado a intentarlo. De todos modos lo más probable es que le rechazaran; había gente mucho mejor preparada que el, con títulos universitarios, con mejores destinos y seguro que con buenos padrinos. Al fin y al cabo él solo era un simple inspector de policía que había pasado toda su vida en la “pringue” y si lo sacaban de allí se convertía en un inútil. Nada sabía de otros servicios que no fuera tratar con los “chorizos”, la Brigada había sido su vida y fuera de ella apenas sabía moverse.

No era cuestión de dinero, pero parecía que estaba obligado a presentarse. Como Policía había cubierto todas las metas; tenía más prestigio o condecoraciones de las que quizá mereciera y la vida le había tratado con fortuna; se hallaba ahora mejor que nunca, había conseguido rodearse de los mejores compañeros y profesionales hasta el punto que casi se podía decir que era un equipo de amigos, así que lo cierto era que dejar todo aquello para emprender un nuevo reto parecía un riesgo innecesario. El futuro que le esperaba ya se lo imaginaba, no solo iba a dejar su grupo, y su “status”, sino que tendría que ponerle ruedas a la maleta y empezar de nuevo donde le mandasen.

Aprovechando una comida de domingo y con la familia reunida, les consultó. Parecía que lo esperaban porque todos estuvieron de acuerdo en apoyarle. Encarnita apuntó: “Si crees que lo necesitas, hazlo; luego te arrepentirías de no haberlo hecho”.

Y resulta que todo fue rodado. Nunca pudo imaginarse conque facilidad se desarrollaron las cosas. Incluso aquella entrevista en la que parecía decidirse todo, se redujo a una simple pregunta: ¿Porque quiere Vd. ser comisario? “Para rematar la faena”, contestó. Y eso fue todo.

El subdirector estuvo afectuoso:

- “Miguel, me gustaría que se hiciera cargo de esta plantilla. Le aseguro que es una Comisaría modélica, sin problemas internos, con un buen equipo de profesionales y con unos resultados magníficos. Pero me hace falta alguien como Vd. con experiencia y el temple necesario que frene los nervios de algunos políticos locales que vienen dando problemas. Será poco tiempo, yo le prometo que más o menos en un año va usted a volver a su plantilla a relevar al actual jefe de su brigada”.

Así que allí estaba. Instalado en el hotelito familiar que le habían buscado; no era cosa de cerrar la casa, total por un año. Ya vendría su mujer por temporadas y entre vacaciones y algunos fines de semana irían toreando la espera. De todos modos no era muy exigente en cuestiones domesticas y tenía todo lo que necesitaba.

Quisieron hacer de su presentación un acto público y le acompañaron a la toma de posesión el Jefe Superior y el Provincial. Le recibieron los funcionarios de la Comisaría, el juez y algunos políticos locales, pero solo comenzó a sentirse verdaderamente comisario cuando se sentó en su despacho y empezó a entrevistarse con los distintos mandos de la Comisaría para conocer los problemas, es entonces cuando sintió que era él el primer encargado de que aquello funcionara.

Trataba de ser objetivo, pero estaba claro que su palo era la “pringue” y era lo que más le tiraba. Un pequeño grupo de investigación, cinco policías a cargo de García, un inspector joven, voluntarioso y sin demasiada experiencia. De la gente uniformada se ocupaba Morales, un inspector atlético, deportista y nervioso. Del resto, secretaría, documentación y de “lo que hiciera falta” se ocupaba el inspector Bermúdez, segundo de a bordo y un veterano de la tierra encargado de arreglar las guerrillas de cada día y que por supuesto era el que se había ocupado del problema de su alojamiento.

Los días, las semanas iban cayendo y todo rodaba bien. Sus relaciones con las autoridades locales iban sobre ruedas. Un par de comidas y una mesa de dominó habían sido suficientes para solucionar las diferencias con el alcalde y ahora no había acto oficial o privado al que no se le invitara.

Capítulo 2


Fue un lunes de marzo. García entró en el despacho y le dijo:

-Jefe tenemos un problema grave. Han secuestrado a una niña de ocho años. Los padres están abajo presentando la denuncia. Tan pronto sepa algo más le informo.

Lo que le pedía el cuerpo era bajar y hacerse cargo del asunto, pero entendía que debía dejarlo en manos del jefe de Grupo, el propio García. Los hechos se fueron precipitando; unas horas más tarde ya estaba confirmado que el secuestro lo había hecho un vecino de los padres conocido como el Cabrero con el que ya desde antiguo venían teniendo problemas por cuestiones de lindes. No había lugar a dudas, las cámaras de seguridad de una gasolinera próxima a donde se produjo el secuestro habían grabado perfectamente la escena del mismo y se identificaba sin error a su autor.

El asunto forzosamente tenía que tratarse con las mayores precauciones, por lo que inicialmente se optó por montar un dispositivo de vigilancia sobre el Cabrero con la esperanza de que condujera a los investigadores al lugar donde se hallara la niña, pero las primeras 24 horas no dieron resultado alguno, el Cabrero no salía de su entorno habitual. La noticia ya había saltado a la prensa y el escándalo era generalizado, la alarma en el pueblo tremenda y la posibilidad de que la niña ya hubiera fallecido, cierta. Así que ordenó que fuera detenido de inmediato.

Con los formalismos legales establecidos se le trasladó a la Comisaría y por el propio García se inició su interrogatorio, pero el Cabrero no hablaba; parecía que no estuviera en sus cabales. Pese a la contundencia de las pruebas que se le mostraban y que demostraban su autoría, pese a los argumentos que se le daban de que sería mejor para el que a la niña no le sucediera nada y que cuanto antes apareciera mejor para todos, pese a las advertencias de la condena que podría caerle por la gravedad de los hechos, el Cabrero no hablaba.

Ni negaba, ni asentía, solamente dejaba vagar su mirada por el despacho como si con aquella actitud diera a entender que no le importaba nada y que con aquello había cumplido su promesa de venganza del padre de la niña. No le valían ni los argumentos del propio abogado que le asistía para que redujera la gravedad de sus actos. Solo unas nauseabundas frases salieron de su boca: “Que se jodan, ahora les toca a ellos”, sin pararse a razonar sobre lo insensato de hacer caer sobre una criatura inocente su venganza.

Fueron más de cuarenta y ocho horas de angustia hasta extremos insoportables. Guardia Civil, Policías Locales, bomberos, refuerzos de la capital y de otros pueblos, toda la Comisaría y todo el pueblo echado al monte para tratar de localizar algo, un vestigio de dónde tirar, una señal, algo. Pero nada. El Cabrero seguía en su ensimismado y demencial silencio y desprecio.

A las puertas de la Comisaría, el padre de la niña: “Déjemelo a mí. Déjemelo solo un momento, ya verá como habla”. Y la gente… y hasta los propios funcionarios: “Jefe, déjemelo a mí”.

Ya no sabía qué le pesaba más, si el desaliento o el cansancio; parecía que todo el mundo había arrojado la toalla. Eran casi tres días los que habían pasado del secuestro; las probabilidades de que la niña viviera eran prácticamente nulas si no había alguien que se ocupara de ella y el cabrero no tenía pinta de que contara con algún cómplice.

Necesitaba cambiarse de ropa y asearse un poco. Se volvió a Bermúdez que trataba de mantenerse despierto a toda costa pese a los tres días que llevaban sin pegar ojo y le dijo:

- Voy al hotel y vuelvo en seguida, llamadme si hay novedad.

Capítulo 3


Algo le atrajo hacía el local y eso que hacía años que no entraba en uno de esos. Puede que fuera la música, sonaba “le Meteque” de Moustaki. Estaba casi vacío. Sus rojas y azuladas luces le dejaron distinguir a una pareja en una mesa y la cara de la camarera en la que podían leerse las marcas de muchas horas de barra. De rara belleza, aquella mirada y media sonrisa la hacían muy atractiva.

- Un whisky, por favor.

- ¿De malta?

- Sí, de malta.


Tenía la garganta reseca y quizás le hubiera venido mejor un gin-tonic, pero necesitaba algo más fuerte que le arrancara aquella maldita flema.


Ella se separó discretamente y casi de dos tragos consumió el licor. Sacó la cartera y la llamó.

-¿Que le debo?

-¿Quiere otra copa?

-No gracias.

-No le voy a cobrar. La casa invita.

-¿Porque?

-Acaba usted de salir en la tele y, francamente, no le envidio.

-Bueno, muchas gracias pero insisto, cóbreme.

-No le voy a cobrar y le digo más, me gustaría ayudarle pero, perdone que le diga -y la sonrisa se transformó en una intensa y fija mirada-, usted no necesita ayuda de nadie, usted ya sabe lo que tiene que hacer.

Era curioso; era como si una fuerza misteriosa le hubiera hecho entrar en aquel local para obtener, de la forma y de la persona más inesperada, la respuesta a la pregunta que en las últimas horas le atormentaba.

Apenas avanzó por la acera un par de pasos. Se detuvo, miro de nuevo hacia el interior del club donde todavía ella le estaba observando, giró y se volvió a la Comisaría.

Capítulo 4


El guardia de puerta no le esperaba tan pronto, así que se sorprendió por su llegada y lo enérgico de sus modales:

-Sacad al detenido y llevadlo a mi despacho.

Colgó con cuidado la chaqueta y esperó.

Había oído, incluso leído que existían métodos eficaces para estos casos. Nunca les había prestado atención, no iban con él; estaba convencido de que con un “cara a cara” sería suficiente.

Cuando subieron se dirigió al detenido y le ordenó: Siéntese. Vds. pueden retirarse, voy a hablar con el detenido y ya les llamare cuando termine.

García se interpuso: ¡Jefe, déjemelo a mí ¡

- No, déjenme solo, lo que hay que hacer tengo que hacerlo yo. Espéreme abajo.

- Deje que me quede con usted, insistió.

-No García, gracias, pero lo que hay que hacer tengo que hacerlo yo sólo.

No podía consentirlo; jamás hubiera permitido que un subordinado cargara con algo que le perjudicaría. Tenía que ser él.

Mientras lo subían cogió el Código y buscó. Realmente no tenía que consultar nada, lo había mirado ya tantas veces en las últimas horas, que se lo sabía de memoria:

Artículo 174. Código Penal. Comete tortura la autoridad o funcionario público que, abusando de su cargo, y con el fin de obtener una confesión o información de cualquier persona….., la sometiere a condiciones o procedimientos que por su naturaleza, duración u otras circunstancias, le supongan sufrimientos físicos o mentales,…. El culpable de tortura será castigado con la pena de prisión de dos a seis años… e inhabilitación absoluta de ocho a 12 años

Apenas pasaron dos horas. Volvió a llamar a los guardias y les ordenó:

- Llévense al detenido y que lo vea un médico. Llamen a una ambulancia que nos acompañe.

Miguel, el Comisario, parecía otro, como si hubiera crecido. Ejercía la dirección con una extraña seguridad y firmeza.

Hicieron acopio de todas las linternas, oficiales o particulares que encontraron y montaron en los coches.

- García suba conmigo y conduzca, los demás sígannos.

Sacó un croquis y empezó a dar instrucciones:

- Tire por el camino de las canteras y avance unos cinco kilómetros. Al pasar el pozo gire a la derecha. Métase hacía la montaña por el cauce del arroyo. Suba hasta la hilera de castaños a la izquierda. Cuente las cuevas, pasada la quinta según subimos a la izquierda. Pare el coche. Vamos para arriba. Sí hacia aquellos peñascos. Alumbren por aquí, por aquí… Si debe ser esto.

Tapada con matojos, piedras y tierra, de modo que ni el mejor perro adiestrado la habría encontrado, apareció la entrada a la cueva. Una oquedad de apenas un metro de anchura.

-Morales, entre y mire.

Tuvo que arrastrarse y avanzar cinco o seis metros y allí, al fondo, atada de pies y manos, metida en un saco y en las peores condiciones que un ser podía estar, estaba la niña. Fría, casi muerta, pero viva, respirando; muy débilmente, pero respirando.

¡Está aquí!, ¡respira!, ¡está viva!. Y mientras que aquel corazón latía aunque muy débilmente, pareció que los corazones de todos los demás se pararon.


Reptando de espaldas y con todo el cuidado, Morales pudo sacarla. El médico le tomó el pulso, le aplicó oxígeno y la metió en la ambulancia, se volvió al Comisario y le dijo:

-“Gracias a Dios, creo que hemos llegado a tiempo”.

Miró a su alrededor y evaluó. Habrían tardado, meses en encontrar aquel agujero, si es que lo conseguían porque lo más probable es que quedara enterrada viva o fuera devorada por las alimañas. Estaba claro: el Cabrero no había tenido valor para matarla y la había abandonado a su suerte.

- Quédense ustedes aquí, y acordonen esto hasta que vengan los de científica por la mañana, ordenó a dos policías, y respirando profundamente se volvió a García que le miraba con asombro y admiración y le espetó. ¿Tienes el teléfono de los padres? Llámales y diles lo que hay, que vayan al hospital que su hija está viva.

Capítulo 5


Sencillamente esperó la secuencia lógica de los acontecimientos. Nada le iba a sorprender, estaba preparado.

No le afectaron las noticias de la prensa ni las felicitaciones de las autoridades de la ciudad, ni de sus superiores. Ni siquiera abrió los telegramas y mail que le iban llegando. Si acaso lo que más le afectó fue la entrevista con los padres. Aquellas miradas de cariño y agradecimiento, no las olvidaría con facilidad.

Él esperaba. Sabía lo que iba a pasar. La aplastante lógica de las cosas era inevitable. Habló con Encarnita y le dejo caer que tenía que estar preparada para algo malo, pero no quiso explicarle más.

Fue una llamada del propio Juez a su despacho. Le decía que había sido denunciado por el detenido por un delito de torturas y que se veía obligado a recibirle declaración en calidad de imputado, que debía comparecer en el juzgado a la mañana siguiente con asistencia de abogado. Lo sentía mucho pero tenía que comprender que era su obligación y no podía hacer otra cosa, que si lo deseaba podían aplazar la diligencia hasta que recibiera asesoramiento pero que no le quedaba más remedio que incoar diligencias por tan lamentable asunto. Procuraría que no trascendiera a la prensa para evitar escándalos y apelaba a su profesionalidad para guardar también el secreto.


El secreto. ¿Qué secreto? ¿Podía acaso ocultárselo a su familia, a sus jefes, a sus compañeros de la Comisaría, a sus subordinados? ¿Que podía contar sobre aquello? ¿Qué maldita versión podía inventarse?

Lo hecho, hecho estaba y era ridículo y de imbéciles ocultarlo. Nadie hablaba del tema pero todos lo sabían. Hasta la prensa parecía que se había puesto de acuerdo para no remover sobre el asunto, pero era cuestión de días, tarde o temprano aquello iba saltar.

Varios abogados de la ciudad se ofrecieron para asistirle. Le daba igual, no tenía interés en su defensa. Llegado el momento y una vez en el Juzgado simplemente miró al Juez y al fiscal y les dijo:

- ¿Que puedo declarar? Miren, de esto no voy a comentar nada, ni voy a contestar a ninguna pregunta. Ya saben las respuestas. Ustedes hagan lo que tengan que hacer.

El Fiscal a modo de disculpa apuntó:

-Usted sabe que el fin no justifica…

-Por favor, - interrumpió- no siga, cualquier cosa que me digan ya me la he dicho yo mil veces, pero pónganse en mi lugar y díganme que hubieran hecho ustedes.

No hubo respuesta.

Después de todo podía haber sido peor, de momento no le ingresaron en prisión.

Cuando volvió a la Comisaría notó que había algo de revuelo. Aquello seguramente sería cosa del impetuoso García: Jefe estamos con usted y si necesita algo aquí nos tiene. Es una canallada lo que quieren hacerle.

- Señores, dijo con aquella particular forma que tenía de hablar, las cosas son como son y están como están y no las va a cambiar nadie. Muchas gracias a todos y ustedes a lo suyo, a trabajar que es para lo que les pagan.

Dos días después le llegó el oficio vía Jefatura Superior, con una nota personal del jefe: “Mi querido Miguel, lamentándolo mucho debo comunicarte que la Dirección ha acordado tu suspensión temporal de empleo y sueldo conforme al artículo … del reglamento… en tanto se sustancian las diligencias previas... En estos momentos tan duros quiero mostrarte la solidaridad de todos tus compañeros… Te adjunto la resolución de…”.

Poco tenía que hacer allí. No tenía ni efectos personales en su despacho. Reunió a la plantilla en el patio de la Comisaría, les agradeció su colaboración y el afecto recibido de todos ellos, y dio sus últimas instrucciones: Bermúdez queda al mando de la comisaría mientras envían un sustituto, yo me vuelvo con mi familia. Otra cosa García, no organice usted despedida ni nada, puede que dañe la imagen de la Policía. Y fingiendo una inexistente entereza, extendió su mano y uno a uno se fue despidiendo de todos.

-No jefe, usted no se puede ir así. Usted ha dado la cara y nosotros la sabemos dar también, la gente está con usted y esto es una canallada.

-García, déjelo y no echemos más leña al fuego.

Volvió a pasar por las puertas del club, debían estar limpiando porque la persiana estaba medio bajada; se inclinó y se asomó: Sonaba “Angie” de los Rollings. La chica le vio y le reconoció.

- Pase, pase, ¿quiere una copa?

-No gracias es solo que…. me marcho. Quería decirle adiós.

-Si claro, ya me he enterado, supongo que no le queda más remedio que irse, pero mire, no todos los hombres tienen los c… de hacer lo que usted ha hecho. Vuelva, ha dejado aquí muchos amigos.

Capítulo 6


El regreso fue aún más duro y los días siguientes peor todavía. El cuerpo le pedía levantarse y tirar para Comisaría, pero se quedaba acostado dándole vueltas a la cabeza hasta que su esposa le obligaba a levantarse y le mandaba a hacer algún recado. Los días le parecían interminables y ni la música, ni la lectura, ni ninguna de aquellas cosas que pensaba haría cuando no tuviera nada que hacer, le conseguían arrancar de su amargura.

Ya ni siquiera veía a sus antiguos compañeros, no se le había perdido nada por la Comisaría y cuando tenía que ir porque le llamaban para firmar algo o para darle alguna citación, si alguno compartía con él un café parecía que tenía que agradecérselo por haberle dedicado algo de su tiempo. También le molestaba ver su despacho, el que no tenía que haber dejado nunca, ocupado por aquel chico, aparentemente, tan ambicioso.

La tarde era cálida y la luz limpia. La plaza estaba llena de gente y había un bullicio especial, aunque él no lo escuchaba. Aunque su esposa se empeñaba en que salieran todas las tardes a dar un paseo para que se distrajera, él seguía ensimismado dándole vueltas a la cabeza con las malditas mismas preguntas de siempre. ¿Que podía haber hecho? Y si no hubiera hecho nada ¿qué habría pasado? ¿Habría alguien en el mundo que pudiera decirle qué hubiera sido lo adecuado?

Fue un golpe seco, certero y contundente. Un balonazo vino a estrellarse contra sus sienes y casi le tira al suelo. Instintivamente cogió la pelota y durante unos segundos quedó absorto mirándola, tratando de recomponerse. El chico, de unos nueve o diez años, frente a él, con cara de asustado y con la voz temblorosa le dijo:

-Por favor señor ¿me da mi pelota?

Fueron solo unos segundos y contestó: “Si claro”, mientras se la extendía suavemente.

Permaneció quieto, observando como el chico regresaba junto a sus amigos y reanudaban sus juegos.

Fue entonces cuando su esposa, mirándole a la cara como lo hacía siempre en los momentos importantes y sin que en su tono pareciera existir reproche sino más bien una gran dosis de ternura y comprensión, le dijo:

-Volverías a hacerlo ¿verdad?

!!!...DERECHOS HUMANOS SON

PARA HUMANOS DERECHOS...!!!

 
 
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